En este caso, no vengo con una nota periodística, sino que
vengo con un cuento del gran Negro ROBERTO FONTANARROSA, titulado
"Memorias de un Wing derecho".
De este cuento está basada la película animada
METEGOL de Juan José Campanella, que se estrena este jueves en todos los cines
del país. Antes de ver la película, yo me leería el cuento...
ABRAZO DE GOL
MEMORIAS DE UN WING DERECHO
Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la brasileña y otras estupideces.
¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación
clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que
Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así
le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más.
Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y
arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y
nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como
6.800. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque
Maradona hizo cien. Cien yo hago en una temporada. Y en verano, cuando los
pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer
cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo...
Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro. debe
llevar más de 12.000 goles. por debajo de las patas... Y...¡el tipo está ahí! donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica.
Pelota que recibe, ¡Pum! adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca
no es maño tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la
troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más de un partido, eh! Yo
no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la
pelota adentro del arco.
Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como 12.000 goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace 25 años, 25 años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos escegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltando todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está ésta cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable.
Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados
porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían
reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy,
lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva
había comprado el metegol.
Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa
noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o
tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron
el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo
adentro.
¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 años personal viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.
¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 años personal viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.
¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte
porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que se movía,
dije: “Hoy vamos a andar bien”. porque también es importante el tipo que a uno
le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un
fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo,
ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta
si conoce o no. Es una cuestión de experiencia , nada más. No es que uno sea
sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo
juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese
día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la
manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos
que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda
como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y
usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”.
Hay que aguantar cada cosa.
¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en
un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un
clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como 30.000
clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la
primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es
que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquél
día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para
adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se
llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y
además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo
sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida. Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta
porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo
hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo
sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba
sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan
bien porque el que manejaba a los tres era un salame. Un paspado. Pero con los
de adelante bastaba.
No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos. tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el corner y se me vino. Ibamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la masé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla ché, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha y ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro, lo había escuchado.
Cuando yo me abrí para la derecha ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic” “plinc” , “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol.
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